Antonio Corrales Martínez durante su reencuentro con Jesús Cautivo tras su restauración en ArsMálaga. Salvador Salas

Ya, entre la muchedumbre, va lentamente andando.
Parece que la fe lo lleva suspendido…
El pueblo que hace esto, es un pueblo muy grande
y bruñirá un poema con un solo alarido… ya suena la saeta.
El mozo postinero en sus talones se alza…
Ya, se quita el sombrero, con la mano en acción se dirige hacia Cristo.
¡En ninguna nación ni en ningún pueblo, han visto cara a cara hablarle así a su Dios.

El poema de Fernando Villalón, poeta y ganadero andaluz de pasado siglo, buscaba una raza de toros bravos que tuviera los ojos azules. Una quimera, un sueño imposible que uniera sus dos grandes pasiones.

Me reconozco como hijo de esta tierra en las letras del poeta y traslado sus orgullos y pesares a este siglo XXI en el que vivimos cambiando la campiña sevillana por la costa mediterránea. Aquí donde lo inalterable de nuestra forma de ser andaluz se mezcla con lo cosmopolita que nos brinda
un puerto abierto.

Cuando el Señor de Málaga estaba cercano a volver a nuestra ciudad, tuve claro que tenía que llamarle. Los años de separación y los encuentros inesperados y fugaces me hacían pensar en él como en tantos otros que durante años fueron el sostén de una cofradía, la mía, la nuestra, que siempre ha levantado líderes con la misma facilidad con la que los ha derribado. Pero no para sus “niños”.

Llamar a D. Antonio Corrales es siempre presagio de una respuesta imprevisible. “¿Y tú… como sabes que no estoy muerto?” La falta de una comunicación fluida y constante tiene estas contestaciones. De pronto caí en la cuenta de que hacía ya años del último encuentro. La playa, la acuciante falta de tiempo, el compromiso de vernos, su cara de siempre, su mano levantada y algo de su porte gallardo… el rumor del mar.

“El Cautivo quiere verte, viene este lunes a la casa del obispo. Voy a estar allí esperándote y tienes que venir o si quieres voy a buscarte donde sea”. La voz de Corrales, el de siempre, el del orgullo trinitario hecho estampa de mesita de noche, el del gesto dirigente, el de la orden que invitaba a dejarse el alma en el varal, el de la socarrona sonrisa y los ojos llenos de orgullo confirmaba la cita con el peso de los años acentuando la modulación como si estuviera bebiendo un almíbar amargo.

La tarde amable que Málaga nos brindaba no bastó para hacer mas liviano el difícil trago de verle avanzar ayudado por el “tinglao” que ahora le permitía andar con cierta normalidad. Volver a escuchar en su voz la palabra “niño” me hizo descubrir que nuestro capataz, el espejo de muchos de sus hermanos, el “titán” de la maniobra, de la mecida ajustada, del encaje callejero volvía a encontrarse con su Dios.

Con él venían otros tiempos, otros nombres de nuestra historia. Montero, Ruiz Bellido, Bros, Boris, Alcoba, Palomo, Luque, Partal y tantos otros. Aquellos que siguen estando en los recuerdos entre varales, entre túnicas y anécdotas de mil montajes, en el el tinglado de calle San Quintín y la, entonces, recién estrenada casa hermandad. Aquellos de la libretilla y el apunte a lápiz, los de los hombres aferrados al varal desde el día anterior para “sacar al Cautivo como sea”. Aquellos que hacían de necesidad, virtud, aquellos cuya vivencia y memoria debe ser recordada y sin la que nuestra historia estará incompleta.

Allí estaba Corrales delante de su “Cautivo”, con las piernas doloridas y el peso de los años en las espaldas y allí fue, de la mano de sus amigos Rafael y Fran Cabello, de Luis Reina y Juan Antonio Berlanga, donde Antonio vencido por el paso del tiempo y sus demonios personales se irguió ante su Dios. Como buen andaluz, miró a su Dios, cara a cara, y su alma cantó la saeta mas honda, profunda y silenciosa que han oído los siglos. Apenas un instante y su garganta se llenó de lágrimas, de tanta soledad pasada, de tanto recuerdo ahogado por la ausencia, por tanta caída sin retorno.

Cada día que pasa recuerdo, con mas intensidad y menos nitidez, los momentos pasados en la tensión del varal, la fuerza derrochada devuelta por el pueblo en aplausos y vítores anónimos a los que desde hace tanto años han sido los “pies del Señor Cautivo”, esos que no se dieron cuenta de que la cofradía no era suya sino que ellos eran de la cofradía. Es hora de que contemos a los capataces y mayordomos mas jóvenes quiénes eran ellos, lo grande que fue su esfuerzo.

Es hora de que olvidemos los defectos que les llevaron al olvido y recordemos sus grandes momentos. Sí, es hora de que miremos a los nuestros y los pongamos en valor en vez de nombrar a los héroes de otros que jamás tuvieron en sus pupilas al Cautivo y la Trinidad bañados por las lágrimas de la emoción de una salida o un encierro.

Es hora de que no olvidemos sus nombres a la hora de hacer una convivencia con los que ahora tienen el honor de ocupar el lugar en el que ellos cimentaron la leyenda de los que hacen andar al Cautivo y a la Trinidad. Llamaré a Corrales para invitarlo a dar una vuelta y que sepa que su mirada al Cautivo no ha sido en balde.

Le llamaré y le llevaré a ver a sus bandas para que les recuerde a todos cómo era la briega con aquel regular que tenía dos brazos derechos tocando el tambor por la calle Carril. Que nos cuente lo importante que es que la música “llevé en volandas a los hombres de su trono”. Que le haga ver a los mas jóvenes lo bonitas que se ven las túnicas bajo el varal o las lágrimas que caen por su cara al ver en televisión que su Cautivo está en buenas manos y que su paso por el puente de la Aurora le devuelve su juventud, porque, el tiempo transcurrido, no ha cambiado su sueño de verle caminar con su túnica blanca mecida por la brisa de Málaga.

Es hora. Ya es hora.

José Luis Ramos Jerez

1er. Teniente hermano mayor

Departamento de comunicación de la cofradía del Cautivo y la Trinidad. Establece contacto directo con esta área a través de la dirección de correo electrónico comunicacion@cautivotrinidad.com o el número de teléfono 675 676 925.