“Dime niño de quién eres, todo vestido de blanco”

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Queridos hermanos:

Una vez más me dirijo a vosotros para trasladaros, en mi nombre y en el de la junta de gobierno de la hermandad, nuestra sincera y profunda felicitación en estas vísperas de la Navidad. El Cautivo está a punto de volver a nacer y a hacerse uno de nosotros. Conmemoramos un episodio precioso que ha marcado de manera definitiva la historia de la Humanidad. Él nos trae una luz más clara que su túnica, una paz más profunda que su movimiento sincrónico y acompasado y una alegría más verdadera que ver cómo nos conquista a diario. El villancico popular nos aporta las claves del misterio: “Dime niño de quién eres, todo vestido de blanco. Soy de la Virgen María y del Espíritu Santo”.

Ella, la que también es nuestra Madre de la Trinidad, nos trae a Nuestro Señor. Lo acostará en un pesebre, porque no había recinto más humilde, y lo envolverá en pañales, que serán presagio de los lienzos con los que será amortajado cuando regale su vida para redimir nuestros pecados con su muerte y Resurrección. Los cofrades conmemoramos así el doble nacimiento de Cristo en Belén y en Jerusalén.

Estamos a punto de terminar un año dramático, plagado de malas noticias y de acontecimientos difíciles de encajar y que nos han obligado a modificar de un día para otro nuestra forma de vivir, de sentir y de relacionarnos. La pandemia no solo ha traído consigo una crisis sanitaria, también otra, puede que incluso más duradera en el tiempo, de carácter social y económico. Hemos sufrido encierros, nos hemos visto apartados de nuestras rutinas, padecido el aislamiento de quienes más queremos, cuando no hemos llorado su triste muerte y encima desde la distancia… hay quien ha perdido el trabajo, quien, de repente, pasa hambre y necesidad, y quien ha visto aún más agravada su ya de por sí complicada situación de vulnerabilidad.

Dijeron que de esta saldríamos mejores y, a estas alturas, cuesta creerlo. Dijeron que tomaríamos nota y aprenderíamos de los errores cometidos y, no obstante, vemos cómo estos se repiten en forma de segunda e incluso tercera ola y, lo más grave aún, de manera consciente e irresponsable, pensando que podemos burlar al virus. Dijeron que seríamos más generosos y, por el contrario, quizás seamos más hedonistas provocado, en parte, por la ausencia de contacto. Los problemas se suceden, son complejos y de difícil solución, y haría falta un mínimo de consenso para afrontarlos…. y sin embargo asistimos perplejos al despropósito permanente de la falta de acuerdo y entendimiento de quienes nos gobiernan.

Y con todo, pese a las dificultades económicas y la enfermedad que nos azotan, el Señor nos pide que estemos alegres. Que lo estemos siempre. Y, sin duda hay motivos para ello. Porque Dios está cerca y nos trae la vida eterna. Por eso nuestro gozo ha de ser puro y legítimo, incluso en las peores circunstancias. Porque la espera confiada en el Señor, como dice el Papa Francisco, “permite encontrar consuelo y valentía en los momentos oscuros de la existencia”.

Ha sido un año lleno de retos sin precedentes también, que nos ha brindado la oportunidad de, siendo fieles a nosotros mismos, encontrar nuevas fórmulas de acercar la devoción a nuestros sagrados titulares aun estando lejos, compartiendo, por ejemplo, una Misa del Alba histórica, madrugando ante una pantalla para reconocernos hermanos. O en la iglesia de la Amargura, que durante dos meses nos dio la posibilidad de una veneración segura, cercana y accesible a unas imágenes en un tiempo en que quizás, hacían más falta que nunca. O poniendo el acento en la atención de quienes más lo necesitan a través de nuestra acción social. Por eso me gustaría agradecer a todos que hayamos sabido mantener nuestra pasión y por demostrar que incluso cuando todo cambia, al amor por Jesús Cautivo y la Virgen de la Trinidad y por aquello que hacemos continúa inalterable. 

Puede que esta Navidad excepcional, lo mismo que ya lo fue para nosotros, queridos cofrades, la última Semana Santa y, probablemente también lo sea la próxima, sirva para, desde la limitación, la austeridad y el sacrificio necesarios y obligados, celebrarla con su auténtico significado. “Griten de gozo delante del Señor” [Salmo 95]. Porque hay que reconocer que a veces hemos podido distraernos con tantas luces de colores y que no hayamos percibido la presencia de Dios en nuestras vidas, cuando viene a nosotros haciéndose como nosotros. Aprovechemos, por tanto, para dejarnos embriagar por su Gloria. Celebremos la dicha de vivir. Y nunca perdamos la esperanza.

¡Feliz Navidad!

Ignacio A. Castillo Ruiz
Hermano mayor

Ignacio A. Castillo Ruiz hermano mayor de la cofradía del Cautivo y la Trinidad. Establece contacto directo con el hermano mayor a través de la dirección de correo electrónico hermanomayor@cautivotrinidad.com